10 septiembre, 2009

Dentro de una Tracker en la noche, cantando (o mejor casi aullando) tres voces juntas, siendo devorados por mosquitos, se disfruta de la compañía de dos seres increíbles.


Uno de esos seres, se encarga de poner las canciones más llegadoras al estado de ánimo de los tres. El otro, depone su noche de futbol por dar un tiempo a aquella que se va.

Los tres se unen en una tarde noche en la que los planes a futuro, anhelos, deseos y sentimientos salen y se conjugan para asì, darse ánimo unos a otros, y a la vez, se conocen un poco más entre ellos y ellos mismos.

La cámara trae las baterías bajas y no alcanza mas que una única foto; pero esa velada se grabará de una manera distinta. Quedará impregnada en el café, en ese tracker que ya varias anécdotas puede contar, en ese collarín que no permite voltear y limita la visión.

Cantando y sacando lo que hay se consigue un poco de alivio, con esas notas se llega a recuerdos quizás lejanos, quizás demasiado cercanos. Quizás no se resolvió la cuestión que revolotea en ese universo personal y que levanta polvo, pero hubo un instante grandioso.

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