21 marzo, 2010

Festejo


Noche de festejo, noche en la que todo está a disposición del cumpleañero: los amigos cercanos del país vecino, los amigos de esta etapa de su vida, las bebidas y el platillo azteca que ha vuelto locos a gringos y europeos.

Todo se estaba dando como casi es requisito que se dé en estas reuniones con sus buenas y malas: que si alguien tira la copa en el tapete, que si a alguien le desagrada la presencia de X persona, risas, pláticas de cosas triviales y no triviales, masajes en los que la masajista espera crear marca en quien su mano toca, pasteles, coronas infantiles con hadas, canciones de feliz cumpleaños en 4 lenguas...

Un grupo de invitados desaparece por un largo momento, de repente, se abren las ventanas del studio del festejado: ¡música del tornadisco!

La primera canción a honor del protagonista de la noche, música bávara alemana; las siguientes "éxitos" de las veladas de 4-5.

De repente, suena una balada antigua, tranquila, similar al vals, pero con letra en español y sones americanos... el organizador del complot musical aparece, llama a una de las espanofonas "mon amour, ven, mi amor colombiano" y comienzan a bailar. Ante las miradas de estupefacción de los demás, continúa el DJ diciendo en comprensible español "mi amor mexicano, ven aquí".

Con intención premeditada o no, a cada uno de sus "amours" las coloca en el baile con aquellas personas significativas para cada una de ellas: el chico con nombre de aerolínea y el amor colombiano; el festejado y el amor mexicano; la gringa, con más corazón y sabor latino que ninguna, con el chico francés pero de alma portuguesa; y finalmente, el DJ con su conquista.

El baile continúa en un ambiente sin palabras y con una emoción de sorpresa única, lleno de espontaneidad. Así, el baile de la segunda pareja termina con una vuelta en punto con la música, y sucede algo mucho más espontáneo, raro en el comportamiento usual de la cultura teutona a la que él pertenece.

El resultado: minuto eterno, una estampa especial para la memoria, caras contentas, caras sorprendidas, caras de descontento, caras pícaras intuitivas... un ligero roce de manos que casi terminan unidas cuando normalmente no debían estarlo, y que por algo incosciente y misterioso (o quizás miedo) no lograron entralazarse.

Escenas únicas y valiosas que hablan sin voz, que calman, incitan o despiertan, bien o mal, la figura interior.

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