25 marzo, 2010


Últimamente he estado de cabeza: mi escritorio no puede estar más de dos horas en orden, mi cama arreglada por dos días seguidos, no hago mis labores chachiles en los días en los que habitualmente lo hacía... para mí, un desmadre.

Hasta antes de regresar de mis vacaciones de febrero, mis preocupaciones eran pensar qué hacer el fin de semana, a dónde conseguir boletos baratos y ver qué lugar me interesaba. Después, comencé a recordar y a sentir más que esto tenía un final y ver lo que seguía.

Esos días fueron y han sido de papeles y mails en búsqueda del camino que sigue a este y, como hace un año, vuelvo a entrar en ansia de ver el futuro.

El martes dentro de toda mi confusión, una amiga me hizo un comentario muy certero y producto de eso, decidí salir al día siguiente a un lugar cercano y a bajo costo. Me divertí como enana tomando mi tiempo para tomar fotos, para sacar autofotos y para hacer el recorrido de la ciudad a lo que decía mi intuición.

Fue mi primer viaje sola de inicio a fin y lo gocé. Recordé aquel viaje a París en el que inicié sola y terminé acompañada, y ambos tienen algo en común: la improvisación y espontaneidad. Sin duda, estas dos salidas son de mis favoritas.

Este mes no pude ir a los lugares que quería ir, pero he conocido esta Normandía que me rodea y sin planearlo he convivido más con los que están aquí y que son mi presente.

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